Estamos viviendo un punto de inflexión histórico, que nos empuja a redefinir nuestra relación con la naturaleza y la construcción que hacemos de nuestra realidad. Los efectos de la pandemia han venido para quedarse; provocando la impotencia propia de un sistema bajo amenaza terrorista, y el efecto surrealista de una cuarentena global. Esta crisis ha provocado secuelas que nos obligan a pensar y apresurar nuestro futuro como respuesta ante la crisis.

En esta vorágine de futuro, me pregunto cómo las narrativas del covid aceleran la transformación de las dimensiones de la ‘realidad’ y lo ‘natural’; y cuáles podrían ser sus efectos en el escenario de las promesas futuras que desafían lo que entendemos por ‘lo humano’ y las condiciones de posibilidad de un sujeto.

Lo natural

En las ruedas de prensa hacen gala los uniformes militares, se declara el estado de alarma y la falta de control de los Estados se vuelve palpable. Toda esta narrativa crea el efecto: “guerra contra el virus”, que moviliza un discurso bélico poniendo a lo indómito de la naturaleza en el lugar del enemigo; la táctica con la que respondemos es tecnológica, de control e higiénica.

“Contra el temible mundo exterior sólo puede uno defenderse mediante una forma cualquiera del alejamiento si pretende solucionar este problema únicamente para sí. Existe, desde luego, otro camino mejor: pasar al ataque contra la Naturaleza y someterla a la voluntad del hombre, como miembro de la comunidad humana, empleando la técnica dirigida por la ciencia; así, se trabaja con todos por el bienestar de todos”

Freud, como si habría escrito en medio del confinamiento, hace también alusión a la higiene como síntoma de la neurosis civilizatoria: “Ni siquiera nos asombramos cuando alguien llega a establecer el consumo del jabón como índice de cultura.” La idea de que la naturaleza amenace nuestro estatus civilizatorio, se refuerza con las explicaciones del origen del virus como producto de hábitos alimenticios que para occidente están más próximos a lo salvaje.

Podemos resumir esta posición con la sentencia: “la naturaleza es el mayor bioterrorista”, que escucho decir a una científica mientras miro un documental sobre el covid. Estas narrativas de ataque y dominación, enfatizan la posición que confronta lo natural a lo humano que más adelante retomaré para pensar su pertinencia en los escenarios futuros.

Paralelo a la posición bélica frente al covid, se escuchan otras voces que pululan las redes sociales. Con el tono del “te lo dije”, la crisis nos recuerda lo ‘irresponsables’ que somos con nuestro planeta. Desde el encierro presenciamos en la red la fantasía de un mundo sin humanos, con delfines en Venecia y lo salvaje tomándose las ciudades. Esto provoca un impulso ecologista, haciendo del covid el precedente de una crisis global que no atendemos a pesar de las advertencias.

En ambos casos, los discursos bélicos y ecologistas, nos colocan en una posición frente a lo natural de distancia prudente, civilizada, higiénica, de dominación o protección. Esta brecha entre lo humano y lo natural da cuenta de un paradigma que no responde a los desafíos de una época en que lo artificial y lo virtual exigen otras categorías para entender nuestra realidad.

La realidad

No es una tarea fácil definir lo que entendemos por ‘realidad’. Es por ello que me permito un desliz de rigurosidad para comprender la realidad desde nuestra cotidianidad efectiva; como lo que organiza nuestra experiencia material y subjetiva de estar en el mundo.  Si nos detenemos a pensar los efectos que la pandemia ha tenido sobre cómo percibimos el mundo, es evidente reconocer el rol de lo virtual en la vida cotidiana del encierro. Durante el confinamiento, la modalidad online se vuelve más natural para el cuerpo, lo que para muchos, ha supuesto una reinvención del uso del internet. De esto uno se percata cuando las videollamadas, un tanto incómodas en un comienzo, pierden la representación de un encuentro simulado para sentirse más ‘reales’. Esta experiencia muestra que la realidad tiene estructura de ficción, y sirve como antesala para repensar la aparente oposición entre lo virtual y lo real.

Paralelo a este fenómeno de realidad virtual, el covid también ha provocado una aceleración del uso tecnológico con prácticas de control biopolítico. Este efecto se acompaña del avance del estado de alarma al de vigilancia, provocando la necesidad de dar pasos bioéticos agigantados para ganar la carrera al virus.
A estas narrativas futuristas del encuentro virtual, y el control digital, se suma la de la manipulación del cuerpo, lo que provoca un giro en los goznes que sostienen nuestra realidad. Tomemos, por ejemplo, el caso de los avances en la edición genética, que se advierten como una técnica posible para combatir el virus. Esta técnica es un salto tecnológico ya alcanzado, por lo que este aceleramiento se da sobre todo en el campo bioético. Esto implica que la pandemia podría ser un catalizador privilegiado que empuje a arriesgar la experimentación y terminar de inaugurar la era de la edición genética en humanos. Este escenario nos lleva a proyectarnos hacia el futuro de un transhumanismo inminente.

¿Un nuevo paradigma?

El post-humano desvirtúa la condición natural del cuerpo, y lo digital rompe la condición material de la realidad. No hay que viajar al futuro para advertir que necesitamos un cambio de paradigma que organice de otro modo nuestra realidad social y la relación que tenemos con la naturaleza.

La crisis del covid nos proyecta hacia paradojas futuristas, que nos ayudan a ser conscientes de la obsolescencia programada que tiene la oposición entre lo natural y lo artificial, así como en nuestra concepción antagónica entre lo real y lo virtual. ¿Qué nuevos paradigmas serían posibles si rompemos con los modelos dualistas que sostienen nuestras identificaciones como individuos, y como especie?

Santiago Rueda M

santiagoruedam.com